Había una copa de whisky en frente mío. El hielo se había derretido hacia ya un rato.
La lluvia caia afuera. Y caía también sobre mis mejillas.
Ella solo reía al compás de la melodía que esa noche tocaban en el bar. Y se divertía cuando me escuchaba hablar. Radha siempre se divierte a costa mía.
Y recuerdo que le decía, después de una perorata aburrida acerca de la vida y la muerte, lo siguiente:
Ame una vez a alguien que jamas seria mio.
Ame una vez a alguien que pudo ser mi alma gemela, pero yo no era la suya. Solo era su amiga.
Ame a alguien solo porque no queria estar sola.
Ame a alguien que solo amaba el recuerdo perdido.
No quiero volver a amar.
Ella respondió:
-¿Estas segura?
Y yo, en el embrujo del licor, y la nube de incienso que flotaba en el aire, le dije:
-Entonces no quiero tener corazón.
Radha sonrió. Y volvió a preguntar:
-¿Estas segura?
Por un momento hubo un brillo inusual en mis ojos. El brillo momentáneo que solo concede la ira pasajera que te atasca en el pasado.
-Entonces concédeme el ser correspondida.
Radha ya no ocultaba la diversión que le provocaba la charla.
-¿Estas segura?
Después de un largo suspiro, y un largo sorbo del líquido, solo atiné a responder:
-De lo único que estoy segura es de la muerte.
-Pero no se te será concedida, insensata- y Radha volvió a reir, con esa risa que solo puede provocar que te sientas una necia.
Y descubrí a través del ambar, la verdad de todo aquello.
-Lo se. Me has concedido el sufrimiento eterno de un amor que no muere.